BIENVENID@:
miércoles, 11 de enero de 2012
Los ecos de tus palabras:
viernes, 6 de enero de 2012
Marry the stark:
Me encontré sentado, con las manos en el aire, pensando en él.
Intentando percibir su presencia en el aire frío del atardecer.
Siento sus ojos encontrarse con los míos, en aquel puente, junto a la luna.
¿Quién eres?. ¿De dónde vienes?. ¿En dónde vives?.
Tal vez en el mar. En la montaña. En el cielo. En mis pupilas.
Siento su respiración en mi nuca, sus manos dibujar figuras en mis piernas.
Y entonces todo se vuelve una sola cosa.
M e siento parte de un todo, parte de él.
Y se va con el alba, sigilosa y delicadamente, como las alas de una mariposa.
Llueve en mis adentros.
El jardín de mi interior muere lentamente,
las flores de orgullosas corolas se secan lentamente, se marchitan miedosas de soledad.
Y el dios que habita en mi ser se recuesta en las hojas muertas, dormita y sueña con el fuego.
Hasta que regreses y vuelva a sentirme vivo.
domingo, 18 de diciembre de 2011
UN CUENTO ANTES DE NAVIDAD:
Hacía ya muchas noches que Sebastián tenía los mismos sueños difusos y extraños que lo hacían levantarse a mitad de la noche por el miedo a continuar soñando. Era diciembre, y como todos los años estaba de visita en el campo. Eran las mismas imágenes en el mismo orden: Unos ojos negros mirándolo fijamente, una flauta color blanco y una sombra mirándolo desde la oscuridad del bosque.
Y aunque era un poco aterrador, no le tomaba la menor importancia. Había más cosas para pensar. Desde hacía algunos meses Sebastián se había vuelto aislado, más huraño, empezaba a comer más de lo normal. A veces se encontraba a sí mismo mirándose al espejo por horas y horas, como si quisiese encontrar alguna parte de él que se había escapado. Sentía un vacío inmenso en su corazón, como si una parte de su alma se hubiera quedado dormida y no quisiera despertar. Era como si la mayoría de los colores hubieran desaparecido y se llevaran su sonrisa.
La verdad era que Sebastián sentía todo eso porque había perdido a dos seres importantes en su vida. En primera instancia a su nana, aquella mujer pequeña y de mirada cariñosa siempre dispuesta a ayudar, a dar la vida por Sebastián, la mujer que fue su segunda madre y cuidó de él toda su infancia. La mujer de la cual no se despediría en su lecho de muerte, víctima del cáncer. Nunca pudo decirle cuánto la amaba ni verla cerrar sus ojos para dormir eternamente. Y en segunda instancia (aunque no menos importante que la primera), la muerte de su primera y única mascota, un labrador color negro de ojos traviesos, el cual 5 meses después de nacer se enfrentó a las tinieblas y la muerte lo tomó entre sus brazos, lejos de Sebastián.
Sebastián no había podido reponerse a estas perdidas, sentía como si le mintieran, como que iba a regresar a casa y su mascota y su nana estarían ahí para saludarlo.
Pero por desgracia la realidad muchas veces es cruel, y Sebastián encontró una cama vacía y un rincón oscuro como bienvenida, solamente quedaron los ecos, los recuerdos, la infinita pesadumbre que dejan los que ya se han ido, los que ya no están.
Fue así como Sebastián comenzó a aislarse de sus amigos, de sus padres, de todo lo que le rodeaba para encontrar una respuesta, algo que pudiera consolarle y despertar de nuevo.
La respuesta llegó una noche antes de navidad, en el frío bosque de San Luis Rey.
Sebastián iba de regreso a casa de sus abuelos, era entrada la noche y es que sus tíos no lo dejaban irse. Le preguntaron si prefería quedarse, pero él prefirió salir de esa atmósfera falsa llena de emociones que él no sentía. Además, el bosque siempre le había parecido interesante de noche.
Iba a medio camino del sendero que da a casa de sus abuelos, se abrochó bien la chaqueta para que el frío no lo molestara. Las ramas de los árboles se mecían encima de él, como entonando una canción nocturna para acompañarlo en su camino. Detrás de él se escuchaba algo extraño, como el motor de una camioneta. No quiso voltear atrás, prefirió seguir caminando, pero más rápido. Pero sus pasos apresuraron también aquel extraño sonido, el miedo empezaba a colarse por su cabeza. Así que decidió voltear. Un grito salió de su boca cuando una luz blanca lo cubrió todo. Se tiró al suelo en posición de defensa cuando escuchó unos pasos cerca de él y una mano lo tomó del hombro y lo puso de pie.
- Hey! No te asustes, sólo soy yo.
Sebastián tardó unos segundos en recuperar el color de su cara y reconocer la voz de Antonio, un chico de su edad que vivía cerca de la casa de sus abuelos. Volteó a ver de dónde provenía aquella luz blanca: las luces de la destartalada camioneta del padre de Antonio.
- ¿Porqué manejabas con las luces apagadas?- Preguntó Sebastián.
- Pues, me gusta ver el bosque de noche. Vives cerca de mi casa, ¿quieres que te lleve?.
Sebastián pensó un momento la situación, la verdad era que hacía mucho frío. Así que accedió y subió a la camioneta. Antonio encendió los motores y volvió a apagar las luces. El recorrido continuó. Sebastián conocía a Antonio desde que eran niños, pero nunca se habían dirigido la palabra. Sebastián siempre había sentido algo más que empatía por Antonio, por sus ojos negros, su tez apiñonada, sus labios carnosos y sus cejas pobladas. Sebastián siempre de había sentido atraído por Antonio, y este no podía saberlo de ninguna manera. La voz de Antonio interrumpió sus pensamientos.
- Tu abuela le contó a mi abuela lo que te pasó. De verdad lo siento mucho.
Sebastián volvió a sentir aquel vacío que se lo comía por dentro, el vacío que no podía llenar con comida. Sus ojos se llenaron de lágrimas, tuvo que voltear a la ventana para dejarlas escapar. La tormenta dentro de él volvía a desatarse.
- ¿Estás llorando?. Preguntó Antonio.
Sebastián no pudo responder, un nudo crecía dentro de su garganta. Era una herida que no conseguía sanar. Entonces sintió la mano de Antonio en su brazo, le tendía un pañuelo para que secara sus lágrimas.
- Gracias, perdón por esto. Contestó Sebastián.
- No lo sientas, es normal. Yo también pasé por lo mismo cuando perdí a mi abuelo.
El silencio volvió, se acercaban a casa de los abuelos de Sebastián. Antonio se estacionó y Sebastián bajó de la camioneta.
- Antonio… gracias por traerme ¿Te gustaría pasar a comer algo?. ¿Tal vez un café?.
- Está bien… la verdad es que no he comido nada.
Entraron a la gran casa de sus abuelos, se encaminaron por el inmenso pasillo hasta la cocina. Era tibia y confortable, se sentaron en el inmenso comedor de madera para platicar.
- Siento mucho lo de tu Abuelo. ¿Hace cuánto murió?.
Antonio miró al piso y contesto en un tono triste:
- Hace un año, un accidente de auto.
- De verdad lo siento.
- No importa. Fue hace mucho tiempo. No es bueno que carguemos con esos recuerdos, porque no nos llevan a ningún lado. Tú abuela nos contó que te has sentido mal. Si en algo puedo ayudarte cuentas con mi apoyo. Sé que no nos hablamos mucho, pero espero servir de algo.
Y fue así como Sebastián empezó a contarle todo a Antonio: sobre cómo se sentía, cómo lo había afectado la pérdida de sus seres queridos, cómo había empezado a apartarse de todo el mundo, cómo se había quedado sin amigos, comía demasiado, como empezaba a darse cuenta de quienes eran de verdad las personas que importaban.
Antonio escuchó todo, lo miró a los ojos, lo dejó llorar, desahogarse, desechar todo lo que no había podido tirar. Hasta que Sebastián se quedó vacío, sin palabras, con las cuencas de los ojos hundidas por tanto llorar.
Antonio entonces hizo algo que Sebastián jamás hubiera imaginado: Secó sus lágrimas con el dorso de su mano y le dio un abrazo, un fuerte abrazo cálido. Sebastián lo rodeó con sus brazos y se acurrucó en sus hombros. Antonio comenzó a hablar:
- Solamente puedo decirte que no debes cargar con todo eso, que si no estuviste cerca de tu nana o de tu perrito fue porque así tenía que ser, no debes cargar con un dolor que no te corresponde, con algo que está fuera de tu alcance. No debes odiar a nadie por las cosas que pasaron, simplemente debes entender que era algo que no dependía de ti. Y en cuanto a tus amigos, no debes guardarles rencor por las cosas que te hicieron o no te hicieron, simplemente son personas que no estaban en tu camino y debes dejarlas partir. Debes decirle adiós a todo lo que te hace daño, no puedes cargar con culpas o sentimientos que no te pertenecen.
Y es que eso era lo que Sebastián había hecho la mayor parte de su vida, cargaba con culpas que no le correspondían, siempre preocupado de quedar bien con los demás, de hacerse notar entre la gente, de llenarse de “amigos” para no sentirse solo. Siempre queriendo complacer a los demás. Pero ¿Dónde quedaba él?, ¿Dónde quedaba su personalidad, y lo que él realmente quería? . Sebastián se quedó en silencio largo rato, no se había dado cuenta que seguía abrazado a Antonio, que seguía oliendo su perfume, rodeado de sus brazos. Sebastián fue el primero en separarse y hablar de nuevo.
- Nunca pensé que fueras tan sentimental para ser hombre.
Ambos rieron mientras brindaban con sus tazas de café. Antonio vio su relój de mano y se sorprendió al ver la hora:
- Son las 3 de la mañana. Es 25 de diciembre.
- Feliz Navidad. Contestó Sebastián.
- Feliz Navidad.
- ¿Y qué harás esta Navidad? ¿Quieres cenar con nosotros?.
Antonio se frotó las manos para luego contestar:
- Mañana me voy a Estados Unidos, mi hermano me consiguió un trabajo. De hecho tengo que irme en una hora.
Sebastián no pudo evitar sentirse triste, es horrible cuando una persona llega a tu vida sin que tu lo esperes y luego tenga que irse, irse lejos. Es horrible extrañar. Sebastián tomó aire y dijo:
- Bueno, pues tienes prisa yo no voy a retrasarte. ¿Necesitas ayuda con tus cosas?.
- No, gracias. Ya está todo en las maletas. Pero tengo que irme a bañar. Así que… creo que es hora de decir adiós.
Antonio se puso de pie y Sebastián hizo lo mismo, y cuando iban a darse la mano Antonio preguntó:
- ¿Puedo pedirte algo antes de irme?
- Sí, claro. Lo que necesites.
Sebastián se quedó esperando que Antonio respondiera. Pero en lugar de eso Antonio tomó el rostro de Sebastián entre sus manos, cerró sus ojos y lo besó en la boca, un beso tenue y pausado. Sebastián se dejó llevar por la dulzura de ese beso de ángel, ese ángel de mirada profunda que lo observaba desde las sombras. Sebastián puso sus manos en el pecho de Antonio y descubrió un colguije. Cuando se separaron del beso Sebastián preguntó:
- ¿Qué significa esto?.
- Es un silbato hecho de hueso, se supone que si extrañas a alguien y tocas ese silbato, esa persona lo escuchará y sabrá que piensas en ella.
- Quiero quedármelo, ¿puedo?.
Acto seguido Antonio se quitó el colguije y se lo entregó a Sebastián.
- Tengo que irme, se me hace tarde. Que esto que acaba de pasar quede entre nosotros.
Antonio salió de la cocina y se dirigió a su casa. Sebastián lo vio despedirse de sus abuelos, subir a su camioneta y alejarse por el sendero del bosque.
De vez en cuando Sebastián se sienta en el pórtico de sus abuelos y toca aquel silbato que Antonio le regaló. Le gusta pensar que algún día volverá a verlo. Que su vieja camioneta aparecerá por el sendero y comenzarán una historia ellos dos. Aunque, en el fondo. Tal vez solo sea un sueño. Un sueño la noche antes de navidad.
“But like everything I´ve ever know, you´ll disappear one day. So I spend my whole life hiding my heart away”.
sábado, 10 de septiembre de 2011
El hombre venado...

Una tarde de domingo otoñal caminaba en las faldas de un volcán; intentaba despejar mi mente de la realidad, enterrar todas aquellas cosas que me hacen odiar, trataba de aliviar mi corazón hecho cenizas por la pérdida repentina de mis seres amados. Simplemente trataba de olvidar la tristeza y el rencor de todo aquello que me estaba hiriendo el alma.
lunes, 13 de junio de 2011
Entre el Maizal:

Una vez más, la noche cayó sobre el pueblo de San Luis Rey. Pero esa noche era especial, las antiguas casonas de piedra de cantera estaban adornadas con flores blancas y mazorcas de maíz que eran bañadas por la luz de la luna.
Una vez más se celebraba el Festival de la Luna Llena; celebran las buenas cosechas. El pueblo entero se reunía esa noche en las afueras del pueblo, junto al gran maizal para celebrar. Ahí, todos los jóvenes bailaban en parejas alrededor de la gran fogata, al ritmo de una música casi hipnótica de flauta y tambor, una música que invitaba a las jóvenes parejas a bailar hasta el cansancio, mientras que los adultos se sentaban en el césped bajo el gran árbol que marca el sendero que lleva a San Luis Rey, para beber vino y platicar amenamente.
Y muy cerca de todos ellos estaba yo, escondido entre el maizal, donde nadie podía verme, aunque yo pudiera verlos a todos. Nunca me había sentido cómodo al bailar con una de las chicas. No me atraían. De ahí que siempre me tacharan de retraído, porque desde niño me quedaba en mi habitación mirando hacia la ventana para ver jugar a los demás, la soledad había sido mi mejor amiga durante mucho años, y lo fue más cuando me di cuenta de que no era igual a los otros niños, que tenía que resguardarme del mundo lleno de prejuicios. Que tenía que salvar a mi familia de las humillaciones que podrían venir si mi secreto salía a la luz. Yo me sentía bien conmigo mismo, pero la gente es mala y las palabras a veces duelen más que los golpes. Simplemente no soportaría verlos sufrir por algo que ni siquiera yo elegí ser.
Prefería esconderme entre el maizal y verlo bailar, a él; al muchacho de cabello rizado y ojos color miel. El chico con el que había tenido muchos sueños confusos y a veces placenteros. Lo miraba cuidadosamente, como caminaba, como sonreía, como pasaba de chica en chica al bailar. Todos esos años en los que me escondí en el maizal lo había visto crecer conmigo, lo admiraba, era tan guapo, tan amable, llamaba tanto la atención que los demás chicos querían ser como él. Pero jamás lo lograban, no se podían comparar con él.
Por un momento lo perdí de vista, pensé que se había ido a dormir, en ese caso yo ya no tenía nada que ver. Estaba a punto de irme cuando escuché a alguien acercarse, lasgrandes ramas de maíz se movían y trazaban la ruta de alguien que se acercaba poco a poco a mí. No pude contener mi miedo a ser descubierto y emprendí la huída… cuando escuché su voz:
- Hey! ¿Por qué huyes?.
Paré de correr cuando lo escuché hablar, tardó unos segundos en aparecerse frente a mí, tenía la respiración agitada. No podía creer que estuviera ahí, me había descubierto ¿Sabría también que lo miraba solamente a él? No supe que responder él volvió a preguntarme:
- ¿A dónde ibas? ¿Por qué nunca te he visto con todos los demás?.
Seguía sin saber que responder, él me miraba fijamente con una sonrisa, su aliento olía a cerveza. Pero no lo suficiente como para tapar el aroma de su perfume de canela. Se acercó más hacia mí hasta que quedamos frente a frente:
- ¿Porqué no me contestas? ¿Tienes miedo de que les cuente a los demás lo que haces durante el festival?
- No es que tenga miedo, es que nadie me había descubierto. ¿Cómo lo hiciste?
- Te seguí desde que saliste de tu casa, siempre me había preguntado porqué esperabas a que nadie estuviera en el pueblo para venir aquí. Solo yo he sido el único que he puesto atención y ya te descubrí, pero ¿Porqué lo haces?
Seguía un poco en shock por estar frente a él, me gustaba desde hacía mucho, desde que éramos niños y lo veía jugar con los demás desde mi ventana, y ahora lo tenía frente a mí, donde nadie nos miraba. Todo tan íntimo.
- Si te digo la verdad ¿Tengo tu palabra de que no se lo dirás a nadie?
Él dudó unos segundos, pero después accedió:
- Está bien, aunque creo saber porqué te escondes de todo el mundo.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría, no supe que decirle, así que continuó hablando:
- Tú no eres como los demás, jamás te he visto bailar con alguna de las chicas, nunca vas a la taberna con los demás chicos. Y además, esa forma en la que me miras. A veces me da escalofríos.
Así que ya se había dado cuenta de cómo lo miraba. De nada servía esconder nada, de todos modos tenía su palabra, y eso valía algo ¿o no?
- Al parecer ya lo sabes todo ¿Para qué lo preguntas entonces?
-Entonces yo te gusto.
- Tú… sí, me gustas. Prometo no mirarte tanto, solo no se lo digas a nadie. Ya tengo que irme.
Me sentía culpable, como si me hubieran descubierto haciendo algo realmente malo, si se llegaba a saber esto en el pueblo, ya me idearía la manera de negarlo todo. Le dí la espalda y comencé a caminar para salir del maizal, pero él me alcanzó y me tomó por un brazo. Me volteó y quedamos cara a cara de nuevo, el aroma de su perfume causaba un efecto extraño en mí. Me embriagaba su aroma.
- ¿Porqué te vas?
- Porque ya no hay nada de qué hablar, lo sabes todo. Ve a bailar, las chicas te esperan.
- Y si te invito a bailar a ti?
Yo comencé a reírme, aunque mi cabeza no rechazó la idea. Pero ambos sabíamos que era una broma:
- No, gracias. Tu imagen de macho se borraría por completo y se burlarían de ti si me sacas a bailar alrededor de la fogata.
- Y quién habló de salir a la fogata? Podemos bailar aquí, hay suficiente espacio, además la música ha cambiado de ritmo. Ahora es mucho más lenta.
Mis nervios comenzaron a atacarme. Mis sueños se estaban haciendo realidad. Él puso mis manos sobre sus hombros y luego me tomó por la cintura, como si yo fuera la chica, y comenzamos a bailar. Yo lo miraba fijamente y el sonreía con los ojos cerrados, parecía divertirle lo que hacía. Me habló entonces al oído:
- Yo tampoco soy como los demás, no te juzgo por nada. De hecho me caes bien, no dejes que los demás decidan quién debes ser.
- Nunca pensé que pensaras de esa forma, ojalá todos pensaran como tú. Todo sería más fácil. Además, si te caigo tan bien ¿Porqué nunca me hablaste?
- Porque nunca salías a jugar, o a la taberna, y siempre caminas con la mirada baja, como queriendo pasar desapercibido.
Guardé silencio y seguí aspirando su aroma. Seguimos bailando, yo recargué mi rostro en su pecho. Cuando la canción terminó continuamos abrazados, su aroma me gustaba demasiado. Pocos segundos después dijo:
- Mañana me iré a la ciudad. Voy a vivir a casa de mis tíos. Quiero ser médico.
Alcé mi rostro para verlo. No sabía que se iría al día siguiente, nadie lo sabía más que él y sus padres. No pude evitar sentirme triste, mañana no lo volvería a ver, el sueño había terminado.
- Entonces esto es un adiós.
- Eso creo. Pero volveré en las vacaciones. ¿Me hablarás en ese entonces?
- Sí.
- ¿Lo prometes?
-No creo te quedes sin amigos por aquí, todos quieren ser como tú.
- Pero no a todos los considero mis amigos.
- Nunca he hablado contigo ¿Y ya me consideras tu amigo?
- Tengo toda la noche para averiguarlo ¿No crees?. Ven, siéntate.
Nos sentamos y comenzamos a hablar sobre nuestras vidas, era gracioso, habíamos crecido juntos, pero nunca convivimos el uno con el otro. Me di cuenta de que en realidad él era distinto a los demás, era amable, sincero, alegre, respetuoso y sobre todo muy abierto.
Yo le conté mi vida, mi infancia poco interesante detrás de la ventana de mi habitación, mi adolescencia confusa por no saber quién era yo realmente, mis preocupaciones por mantener mi vida en secreto, lo que me gustaba de él, y muchas cosas más. Él me habló de sus sueños, sus miedos, sus más oscuros secretos.
No nos dimos cuenta de cuando terminó la fiesta, comenzaba a amanecer cuando él me dijo que era hora de irse a preparar para su viaje a la ciudad.
Se puso de pie y me ayudó a levantarme. Entonces se despidió:
- Muy bien, ahora sí adiós. Me gustó platicar contigo, una platica de las más interesantes que he tenido. ¿Entonces, somos amigos?
- Sí, somos amigos.
- Bien, entonces te veré pronto.
Se acercó para darme un beso en a mejilla, luego me abrazó. Yo también lo abracé.
Vi su silueta desaparecer entre el maizal, el sol empezaba a salir, hacía un poco de frío. Pero no me importaba, porque aquel amanecer había conocido a alguien en verdad especial. A un ángel al que siempre amaría.
Abraham.
lunes, 6 de junio de 2011
Un Unicornio de Luz:

“Ride, ride, pony, ride ride.
Rie, ride, pony, tonight”
Highway Unicorn (Road to Love).
Me gustaría que todo fuera más nítido, que los colores de tu alma fueran más claros de descifrar en tus ojos; para no malinterpretar tus palabras.
Que la tristeza que me invade en temporadas fuera más llevadera y no me obligara a esconderme entre la gente para evitar el contacto con tus ojos… solo una mirada tuya y me enamoraré de nuevo, volveré a nacer una y mil veces.
Así podría dejar de desear que mires mi silueta y adivines lo que hago cuando bailo en la oscuridad. Y podría reubicar mis sentimientos para encerrarlos con llave… porque es el único modo de no salir lastimado.
Hay días en los que siento que no hablamos el mismo idioma, días en los que vivo angustiado por vivir en el borde de mis pensamientos más viles y de mis lagrimas jamás correspondidas; como si perdiera mi identidad sólo por el hecho de que no pronuncies mi nombre o que no me mires al pasar.
Me gustaría dejar de vivir con este vacío en mi estómago; el vacío que ha dejado tu ausencia al pasar por mi vida y arrancarme las ilusiones con tus garras de frialdad.
Antes solía decir que mi cuerpo era como un santuario, y que mi sangre era pura. Pero desde que te conocí, digo que eres mi religión. Ahora que te has ido me arrepiento de, haber pronunciado aquellas palabras y reemplazarlas con tu nombre, un nombre que no podré escribir en mis cartas de amor, o en alguna invitación a mi boda.
Desearía ser fuerte sin tener que pensar en ti, en nosotros; en algo que jamás ha de consumarse.
Sólo me queda esperar en esta fría noche a que mi unicornio de luz se aparezca y escapar de esto. Montaré su lechoso lomo y acariciaré su crin llena de pureza. Cabalgaré en medio de la noche mientras su blancura refulge entre pa penumbra y traza el camino con su cuerno brillante. Un camino que me lleve a una vida nueva, con nuevas ilusiones. Una vida sin ti.
Porque en este momento me aterra la idea de morir solo y no volver a encontrarte.
Abraham.
miércoles, 1 de junio de 2011
Pensé que ya te habías marchado:

Pensé que ya te habías marchado de mi mente, que tu recuerdo había sido enterado en lo más oscuro e inhóspito de mi corazón, que me habías arrancado hasta la última esperanza para quemarla ante mis ojos. Pero esta mañana volví a sentirme corto de identidad… al parecer no he tenido suficiente.
Por un momento creí que ya no dolías más, que tu heterosexualidad ya había sido asimilada y no hería mis sentimientos, que podría vivir en el límite donde se terminan mis deseos y comienzan tus excentricidades.
A veces siento que esto es patético. Es patético enamorarse de alguien equivocado; enamorarse de un heterosexual. Dejarse llevar por la imaginación y malinterpretar las situaciones. Pero ¿Qué es más patético?:
1. Darse cuenta de que la persona de la que se está enamorada sabe como hacerte sentir mal y confundirte con sus actitudes y no hacer nada al respecto?.
2. Meterse a otro ser humano en la cabeza con características muy similares al que se quiere olvidar para no profundizar más.
Ya no sé que hacer conmigo, siento que mi vida es insignificante si él no me mira.
Cuando él desaparece, siento una especie de calma, porque cuando no lo veo no existen comentarios que ofendan mi sexualidad o mi físico; me siento contento con quien soy.
Pero cuando él se acerca, mi alma se oscurece poco a poco, porque siento envidia de ellas; de las chicas a las que ves pasar y ni siquiera respiras. Porque quisiera ser una de ellas cuando insinúas que soy una burla, porque mi cuerpo es el de un hombre y mi corazón a veces siente cosas que solamente las chicas pueden entender.
Porque te da asco ver a dos hombres besándose y me incitas a creer que estoy mal por ser quién soy, que debo pedir perdón por ser homosexual y por estar enamorado de ti.
Es gracioso a veces, porque siempre intentas acercarte para sentir el ego más grande y poder decir que eres tan guapo que hasta los hombres se enamoran de ti.
Aunque, creo que lo peor de todo es que si tu me lo pidieras, sería capaz de olvidarlo todo. Porque sé que detrás de todos estos sentimientos encontrados, esas noches llorando porque me haces sentir menos y por todas las cosas que hemos pasado; sé que hay un sentimiento fuerte de amistad de mi parte, porque deseo guardar esos buenos momentos que pasamos antes de que me enamorara de ti. Y antes de que cometiera el enorme error de decírtelo.
Abraham.