BIENVENID@:

"NO TENGO VOZ PARA DECIRLO, POR ESO VENGO Y TE LO ESCRIBO" He creado este espacio para vomitar mis pensamientos (la mayor parte hablan de él/ellos...). También para recrear mis recuerdos de una manera más espectacular, más "artística", por así decirlo, y también menos cotidianos. "Mi pasado es una pintura sin terminar, y como el autor de esa pintura debo rellenar todos los hoyos horribles y hacerlos bellos de nuevo". Mother Monster.

domingo, 19 de febrero de 2012

Como siempre, pensé en tí:


Y sucedió que me encontré en mi fiesta, rodeado de mis amigos más cercanos. Todos estaban ahí por mí. Y me sentía feliz por eso.

Bebíamos, brindábamos, reíamos de viejas historias de cuando nos conocimos. Cantábamos a todo pulmón mientras nos uníamos en un abrazo grupal.

Y sucedió que me encontré mirando hacia la ventana que da a la calle de aquel pequeño departamento, buscando su rostro, esperando su llamada o al menos un mensaje que dijera: “Ya voy en camino”.

Pero ese mensaje nunca llegó, y me quedé solo, rodeado de gente extraña ajena a mis pensamientos.


Me encontré solo en el baño, limpiando mis lágrimas para que nadie me viera. “No dejes que esto te arruine la noche”, decían, “Los que estamos aquí te queremos”.

Y en el fondo tenían todos la razón: Si a él le hubiese importado, habría hecho hasta lo imposible por estar ahí. Y es que, sincerándome con mi corazón, esa noche hubiera sido realmente especial si él hubiera llegado, si tan solo se hubiera tomado la molestia de aparecerse aunque fueran 10 minutos yo hubiera estado más que contento.


Terminé comiéndome la paleta de bombones que le compré para San Valentín y rompiendo la tarjeta que con mucha ilusión le hice: “Se va a emocionar cuando la lea”. Qué estupidez.
Y me duele, me duele saber que para él yo no soy importante, que solamente dice que sí a mis invitaciones por puro compromiso. Que mientras yo hablaba con ilusión de que iría a mi fiesta, él hacía planes con sus amigos. Me duele saber que él es hermoso y puede elegir a personas que son mejores que yo, que sus ojos no me ven como yo lo veo a él, que él es perfecto y yo estoy roto desde hace mucho tiempo. Que no tengo oportunidad de estar con él y que se olvidará pronto de mi existencia.

Entonces llegó el amanecer con el final de mi fiesta. Tomé mi abrigo y salí a la calle.

Mientras caminaba miraba hacia atrás “Tal vez se le ha hecho tarde”.

Nunca apareció, ni un mensaje, una llamada. Nada.
Nada. Solamente esa sensación de vacío en el estómago.
Y lágrimas escurriendo en mi abrigo.

domingo, 12 de febrero de 2012

El escape:

Bésame antes de que te vayas, un beso suave y casi superficial.
Llévate las mariposas de mi interior y descuelga los rayos del sol que iluminan tu rostro.
Y déjame llorar ante la noche, deja que me engulla, que se apodere de cada uno de mis sollozos.
Tal vez sea que ninguna persona está hecha para mí, que nadie me ha roto el corazón, que yo nací así: roto en mil pedazos y no necesito que alguien me arme.
Tal vez sea que no existe un cielo terrenal o un roto para un descosido.
Y es que por un momento llegué a percibir una parte de mí que no estaba tan rota, tan sucia, tan amorfa; tan mía. Pero también te la llevaste.
De nuevo me siento en el aire, me siento vivo: hay dolor, hay soledad, hay desesperación.
No siento que exista un cielo claro más allá de los cables de luz.
Simplemente espero, sentado en un rincón a que la luz del sol se esconda tras una nube.
Espero que alguien me saque de este barrio, de esta mi vida tan cotidiana y gris.
Y deseo ver esa libertad, ese olor a tierra mojada, las luces de un túnel con flechas en el asfalto y algunos autos a mi alrededor...
No es que no acepte mi vida, es simplemente que no deseo vivir de esta forma desde que tú ya no estás para darle un pequeño giro, una llamada de vez en cuando, un comentario en mi perfil, o quizá un pensamiento a mitad de la noche cuando estás a punto de dormir.
De pronto la rutina me vuelve su esclavo... de pronto todo perdió su color.

miércoles, 11 de enero de 2012

Los ecos de tus palabras:

"Sí se escuchan los ecos de tus palabras. Por eso que decías: tanto puedo quererte y tanto a mi manera".

Yo también me arranqué desde adentro las raíces de lo que un día floreció silenciosamente en mi corazón. Ese amor que germinó hasta dar frutos y que nadie cosechó.
Tuve que sacrificar los sueños absurdos en los que soy la persona indicada que cambia la vida de alguien; sus restos ahora descansan en mi almohada cristalizados en lágrimas.
Frente al mar decidí casarme con esa incertidumbre que me pretendía desde hace varios años; la incertidumbre que todos los días llega a casa para hablarme de tí y engendrar mil dudas en mi cabeza.
Yo también me he cansado de de escuchar que no desespere, que pronto llegará el indicado. Entre más veces escucho esas afirmaciones tan seguras de sí mismas, más me hacen dudar de que sean ciertas. Esa compasión solamente exprime mi corazón de cualquier esperanza.

Y es que ya empiezo a dudar sobre aquella decisión que tomé hace más de 10 años: ser yo mismo, ofrecer todo lo que soy por dentro a quien lo necesite.
Ya comienza a morir el tan anhelado deseo de encontrar a "la otra mitad".


viernes, 6 de enero de 2012

Marry the stark:

Me encontré sentado, con las manos en el aire, pensando en él.

Intentando percibir su presencia en el aire frío del atardecer.

Siento sus ojos encontrarse con los míos, en aquel puente, junto a la luna.

¿Quién eres?. ¿De dónde vienes?. ¿En dónde vives?.

Tal vez en el mar. En la montaña. En el cielo. En mis pupilas.

Siento su respiración en mi nuca, sus manos dibujar figuras en mis piernas.

Y entonces todo se vuelve una sola cosa.

M e siento parte de un todo, parte de él.

Y se va con el alba, sigilosa y delicadamente, como las alas de una mariposa.

Llueve en mis adentros.

El jardín de mi interior muere lentamente,

las flores de orgullosas corolas se secan lentamente, se marchitan miedosas de soledad.

Y el dios que habita en mi ser se recuesta en las hojas muertas, dormita y sueña con el fuego.

Hasta que regreses y vuelva a sentirme vivo.

domingo, 18 de diciembre de 2011

UN CUENTO ANTES DE NAVIDAD:


Hacía ya muchas noches que Sebastián tenía los mismos sueños difusos y extraños que lo hacían levantarse a mitad de la noche por el miedo a continuar soñando. Era diciembre, y como todos los años estaba de visita en el campo. Eran las mismas imágenes en el mismo orden: Unos ojos negros mirándolo fijamente, una flauta color blanco y una sombra mirándolo desde la oscuridad del bosque.

Y aunque era un poco aterrador, no le tomaba la menor importancia. Había más cosas para pensar. Desde hacía algunos meses Sebastián se había vuelto aislado, más huraño, empezaba a comer más de lo normal. A veces se encontraba a sí mismo mirándose al espejo por horas y horas, como si quisiese encontrar alguna parte de él que se había escapado. Sentía un vacío inmenso en su corazón, como si una parte de su alma se hubiera quedado dormida y no quisiera despertar. Era como si la mayoría de los colores hubieran desaparecido y se llevaran su sonrisa.

La verdad era que Sebastián sentía todo eso porque había perdido a dos seres importantes en su vida. En primera instancia a su nana, aquella mujer pequeña y de mirada cariñosa siempre dispuesta a ayudar, a dar la vida por Sebastián, la mujer que fue su segunda madre y cuidó de él toda su infancia. La mujer de la cual no se despediría en su lecho de muerte, víctima del cáncer. Nunca pudo decirle cuánto la amaba ni verla cerrar sus ojos para dormir eternamente. Y en segunda instancia (aunque no menos importante que la primera), la muerte de su primera y única mascota, un labrador color negro de ojos traviesos, el cual 5 meses después de nacer se enfrentó a las tinieblas y la muerte lo tomó entre sus brazos, lejos de Sebastián.

Sebastián no había podido reponerse a estas perdidas, sentía como si le mintieran, como que iba a regresar a casa y su mascota y su nana estarían ahí para saludarlo.

Pero por desgracia la realidad muchas veces es cruel, y Sebastián encontró una cama vacía y un rincón oscuro como bienvenida, solamente quedaron los ecos, los recuerdos, la infinita pesadumbre que dejan los que ya se han ido, los que ya no están.

Fue así como Sebastián comenzó a aislarse de sus amigos, de sus padres, de todo lo que le rodeaba para encontrar una respuesta, algo que pudiera consolarle y despertar de nuevo.

La respuesta llegó una noche antes de navidad, en el frío bosque de San Luis Rey.

Sebastián iba de regreso a casa de sus abuelos, era entrada la noche y es que sus tíos no lo dejaban irse. Le preguntaron si prefería quedarse, pero él prefirió salir de esa atmósfera falsa llena de emociones que él no sentía. Además, el bosque siempre le había parecido interesante de noche.

Iba a medio camino del sendero que da a casa de sus abuelos, se abrochó bien la chaqueta para que el frío no lo molestara. Las ramas de los árboles se mecían encima de él, como entonando una canción nocturna para acompañarlo en su camino. Detrás de él se escuchaba algo extraño, como el motor de una camioneta. No quiso voltear atrás, prefirió seguir caminando, pero más rápido. Pero sus pasos apresuraron también aquel extraño sonido, el miedo empezaba a colarse por su cabeza. Así que decidió voltear. Un grito salió de su boca cuando una luz blanca lo cubrió todo. Se tiró al suelo en posición de defensa cuando escuchó unos pasos cerca de él y una mano lo tomó del hombro y lo puso de pie.

- Hey! No te asustes, sólo soy yo.

Sebastián tardó unos segundos en recuperar el color de su cara y reconocer la voz de Antonio, un chico de su edad que vivía cerca de la casa de sus abuelos. Volteó a ver de dónde provenía aquella luz blanca: las luces de la destartalada camioneta del padre de Antonio.

- ¿Porqué manejabas con las luces apagadas?- Preguntó Sebastián.

- Pues, me gusta ver el bosque de noche. Vives cerca de mi casa, ¿quieres que te lleve?.

Sebastián pensó un momento la situación, la verdad era que hacía mucho frío. Así que accedió y subió a la camioneta. Antonio encendió los motores y volvió a apagar las luces. El recorrido continuó. Sebastián conocía a Antonio desde que eran niños, pero nunca se habían dirigido la palabra. Sebastián siempre había sentido algo más que empatía por Antonio, por sus ojos negros, su tez apiñonada, sus labios carnosos y sus cejas pobladas. Sebastián siempre de había sentido atraído por Antonio, y este no podía saberlo de ninguna manera. La voz de Antonio interrumpió sus pensamientos.

- Tu abuela le contó a mi abuela lo que te pasó. De verdad lo siento mucho.

Sebastián volvió a sentir aquel vacío que se lo comía por dentro, el vacío que no podía llenar con comida. Sus ojos se llenaron de lágrimas, tuvo que voltear a la ventana para dejarlas escapar. La tormenta dentro de él volvía a desatarse.

- ¿Estás llorando?. Preguntó Antonio.

Sebastián no pudo responder, un nudo crecía dentro de su garganta. Era una herida que no conseguía sanar. Entonces sintió la mano de Antonio en su brazo, le tendía un pañuelo para que secara sus lágrimas.

- Gracias, perdón por esto. Contestó Sebastián.

- No lo sientas, es normal. Yo también pasé por lo mismo cuando perdí a mi abuelo.

El silencio volvió, se acercaban a casa de los abuelos de Sebastián. Antonio se estacionó y Sebastián bajó de la camioneta.

- Antonio… gracias por traerme ¿Te gustaría pasar a comer algo?. ¿Tal vez un café?.

- Está bien… la verdad es que no he comido nada.

Entraron a la gran casa de sus abuelos, se encaminaron por el inmenso pasillo hasta la cocina. Era tibia y confortable, se sentaron en el inmenso comedor de madera para platicar.

- Siento mucho lo de tu Abuelo. ¿Hace cuánto murió?.

Antonio miró al piso y contesto en un tono triste:

- Hace un año, un accidente de auto.

- De verdad lo siento.

- No importa. Fue hace mucho tiempo. No es bueno que carguemos con esos recuerdos, porque no nos llevan a ningún lado. Tú abuela nos contó que te has sentido mal. Si en algo puedo ayudarte cuentas con mi apoyo. Sé que no nos hablamos mucho, pero espero servir de algo.

Y fue así como Sebastián empezó a contarle todo a Antonio: sobre cómo se sentía, cómo lo había afectado la pérdida de sus seres queridos, cómo había empezado a apartarse de todo el mundo, cómo se había quedado sin amigos, comía demasiado, como empezaba a darse cuenta de quienes eran de verdad las personas que importaban.

Antonio escuchó todo, lo miró a los ojos, lo dejó llorar, desahogarse, desechar todo lo que no había podido tirar. Hasta que Sebastián se quedó vacío, sin palabras, con las cuencas de los ojos hundidas por tanto llorar.

Antonio entonces hizo algo que Sebastián jamás hubiera imaginado: Secó sus lágrimas con el dorso de su mano y le dio un abrazo, un fuerte abrazo cálido. Sebastián lo rodeó con sus brazos y se acurrucó en sus hombros. Antonio comenzó a hablar:

- Solamente puedo decirte que no debes cargar con todo eso, que si no estuviste cerca de tu nana o de tu perrito fue porque así tenía que ser, no debes cargar con un dolor que no te corresponde, con algo que está fuera de tu alcance. No debes odiar a nadie por las cosas que pasaron, simplemente debes entender que era algo que no dependía de ti. Y en cuanto a tus amigos, no debes guardarles rencor por las cosas que te hicieron o no te hicieron, simplemente son personas que no estaban en tu camino y debes dejarlas partir. Debes decirle adiós a todo lo que te hace daño, no puedes cargar con culpas o sentimientos que no te pertenecen.

Y es que eso era lo que Sebastián había hecho la mayor parte de su vida, cargaba con culpas que no le correspondían, siempre preocupado de quedar bien con los demás, de hacerse notar entre la gente, de llenarse de “amigos” para no sentirse solo. Siempre queriendo complacer a los demás. Pero ¿Dónde quedaba él?, ¿Dónde quedaba su personalidad, y lo que él realmente quería? . Sebastián se quedó en silencio largo rato, no se había dado cuenta que seguía abrazado a Antonio, que seguía oliendo su perfume, rodeado de sus brazos. Sebastián fue el primero en separarse y hablar de nuevo.

- Nunca pensé que fueras tan sentimental para ser hombre.

Ambos rieron mientras brindaban con sus tazas de café. Antonio vio su relój de mano y se sorprendió al ver la hora:

- Son las 3 de la mañana. Es 25 de diciembre.

- Feliz Navidad. Contestó Sebastián.

- Feliz Navidad.

- ¿Y qué harás esta Navidad? ¿Quieres cenar con nosotros?.

Antonio se frotó las manos para luego contestar:

- Mañana me voy a Estados Unidos, mi hermano me consiguió un trabajo. De hecho tengo que irme en una hora.

Sebastián no pudo evitar sentirse triste, es horrible cuando una persona llega a tu vida sin que tu lo esperes y luego tenga que irse, irse lejos. Es horrible extrañar. Sebastián tomó aire y dijo:

- Bueno, pues tienes prisa yo no voy a retrasarte. ¿Necesitas ayuda con tus cosas?.

- No, gracias. Ya está todo en las maletas. Pero tengo que irme a bañar. Así que… creo que es hora de decir adiós.

Antonio se puso de pie y Sebastián hizo lo mismo, y cuando iban a darse la mano Antonio preguntó:

- ¿Puedo pedirte algo antes de irme?

- Sí, claro. Lo que necesites.

Sebastián se quedó esperando que Antonio respondiera. Pero en lugar de eso Antonio tomó el rostro de Sebastián entre sus manos, cerró sus ojos y lo besó en la boca, un beso tenue y pausado. Sebastián se dejó llevar por la dulzura de ese beso de ángel, ese ángel de mirada profunda que lo observaba desde las sombras. Sebastián puso sus manos en el pecho de Antonio y descubrió un colguije. Cuando se separaron del beso Sebastián preguntó:

- ¿Qué significa esto?.

- Es un silbato hecho de hueso, se supone que si extrañas a alguien y tocas ese silbato, esa persona lo escuchará y sabrá que piensas en ella.

- Quiero quedármelo, ¿puedo?.

Acto seguido Antonio se quitó el colguije y se lo entregó a Sebastián.

- Tengo que irme, se me hace tarde. Que esto que acaba de pasar quede entre nosotros.

Antonio salió de la cocina y se dirigió a su casa. Sebastián lo vio despedirse de sus abuelos, subir a su camioneta y alejarse por el sendero del bosque.

De vez en cuando Sebastián se sienta en el pórtico de sus abuelos y toca aquel silbato que Antonio le regaló. Le gusta pensar que algún día volverá a verlo. Que su vieja camioneta aparecerá por el sendero y comenzarán una historia ellos dos. Aunque, en el fondo. Tal vez solo sea un sueño. Un sueño la noche antes de navidad.

“But like everything I´ve ever know, you´ll disappear one day. So I spend my whole life hiding my heart away”.

sábado, 10 de septiembre de 2011

El hombre venado...


Una tarde de domingo otoñal caminaba en las faldas de un volcán; intentaba despejar mi mente de la realidad, enterrar todas aquellas cosas que me hacen odiar, trataba de aliviar mi corazón hecho cenizas por la pérdida repentina de mis seres amados. Simplemente trataba de olvidar la tristeza y el rencor de todo aquello que me estaba hiriendo el alma.

El Sol comenzaba a ocultarse, y empezaron a salir las primeras estrellas sobre el crudo firmamento azul pálido. De vez en cuando cerraba los ojos para sentir cómo el viento helado acariciaba mis mejillas y secaba mis lágrimas con sus gélidos susurros.

Entonces abrí los ojos nuevamente para encontrarme en el horizonte la silueta recortada por el ocaso de un venado que miraba hacia el cielo. Dirigió sus ojos hacía mí, como invitándome a acercarme a él. Lo hice hasta que mi mano pudo acariciar su lomo; era tibio y suave, sus astas desprendían destellos de colores; como si hubieran sido bañadas por el arcoiris.
Y fue entonces que el último rayo de Sol se ocultó detrás del volcán y una luz blanca salió del vientre del venado para cubrir todo lo que nos rodeaba, quedé ciego por unos instantes hasta que todo quedó parcialmente a oscuras otra vez.

El venado se convirtió en hombre. Un hombre moreno de cabellos largos y mirada imperturbable y a la vez tranquilizante. Se acercó a mí y con sus cabellos de ébano secó mis lágrimas y besó mi frente, preguntó que era lo que acongojaba mi corazón, y empecé a llorar de nuevo; me apretó contra su pecho y sus brazos me cubrieron del frío.

Le conté todo lo que envenenaba mi alma: La muerte de mi nana me mi mejor amigo, le conté cómo no pude despedirme de ellos ni verlos por última vez. Él me escuchó y levantó mi rostro para poder ver mis ojos.
Me miró por largo rato, tratando de encontrar alguna palabra que calmara mi tristeza, pero sus ojos fueron más que suficiente para hacerme calmar. Seguían siendo los ojos del venado.

Nos sentamos sobre la hierba, mirando el horizonte. Él me contó una historia.

Me contó que había nacido en las estrellas y que hablaba lengua yaqui. Me contó sobre su gente y sus costumbres. Sus leyendas, sus miedos y sus cantos. Me dió palabras de aliento y me hizo entender que no debía sentir pesar por nada, que las cosas a veces suceden en extrañas circunstancias.

Recargué mi rostro en su hombro y me cantó en lengua yaqui, me fuí quedando dormido. Me recostó en su pecho, me dejé llevar por el ritmo de su respiración y los latidos de su corazón.

Nada me molestaba, nada me entristecía. El hombre venado velaba mis sueños. Juntos, unidos, en las faldas del volcán.

Me despertó antes de que amaneciera. Dijo que tenía que regresar con sus hermanas las estrellas a continuar con el orden de las cosas, el orden del universo. Le pregunté si volvería a verlo. Prometió cuidarme siempre, que me observaría muy de cerca, aunque yo ya no lo volvería a ver.

Tomó mi mano y me puso una pulsera de cuero, tenía dibujados algunos símbolos, entre los que pude descubrir el de un venado. Besó mi frente y me dijo adiós.

Lo ví alejarse lentamente, hasta que su sombra dejó de ser humana y se convirtió de nuevo en un venado, para después desvanecerse en el alba.

Mi corazón ya no pesaba, ya no se sentía herido. Entonces empecé el camino a casa.

Abraham.

lunes, 13 de junio de 2011

Entre el Maizal:


Una vez más, la noche cayó sobre el pueblo de San Luis Rey. Pero esa noche era especial, las antiguas casonas de piedra de cantera estaban adornadas con flores blancas y mazorcas de maíz que eran bañadas por la luz de la luna.

Una vez más se celebraba el Festival de la Luna Llena; celebran las buenas cosechas. El pueblo entero se reunía esa noche en las afueras del pueblo, junto al gran maizal para celebrar. Ahí, todos los jóvenes bailaban en parejas alrededor de la gran fogata, al ritmo de una música casi hipnótica de flauta y tambor, una música que invitaba a las jóvenes parejas a bailar hasta el cansancio, mientras que los adultos se sentaban en el césped bajo el gran árbol que marca el sendero que lleva a San Luis Rey, para beber vino y platicar amenamente.

Y muy cerca de todos ellos estaba yo, escondido entre el maizal, donde nadie podía verme, aunque yo pudiera verlos a todos. Nunca me había sentido cómodo al bailar con una de las chicas. No me atraían. De ahí que siempre me tacharan de retraído, porque desde niño me quedaba en mi habitación mirando hacia la ventana para ver jugar a los demás, la soledad había sido mi mejor amiga durante mucho años, y lo fue más cuando me di cuenta de que no era igual a los otros niños, que tenía que resguardarme del mundo lleno de prejuicios. Que tenía que salvar a mi familia de las humillaciones que podrían venir si mi secreto salía a la luz. Yo me sentía bien conmigo mismo, pero la gente es mala y las palabras a veces duelen más que los golpes. Simplemente no soportaría verlos sufrir por algo que ni siquiera yo elegí ser.

Prefería esconderme entre el maizal y verlo bailar, a él; al muchacho de cabello rizado y ojos color miel. El chico con el que había tenido muchos sueños confusos y a veces placenteros. Lo miraba cuidadosamente, como caminaba, como sonreía, como pasaba de chica en chica al bailar. Todos esos años en los que me escondí en el maizal lo había visto crecer conmigo, lo admiraba, era tan guapo, tan amable, llamaba tanto la atención que los demás chicos querían ser como él. Pero jamás lo lograban, no se podían comparar con él.

Por un momento lo perdí de vista, pensé que se había ido a dormir, en ese caso yo ya no tenía nada que ver. Estaba a punto de irme cuando escuché a alguien acercarse, lasgrandes ramas de maíz se movían y trazaban la ruta de alguien que se acercaba poco a poco a mí. No pude contener mi miedo a ser descubierto y emprendí la huída… cuando escuché su voz:

- Hey! ¿Por qué huyes?.

Paré de correr cuando lo escuché hablar, tardó unos segundos en aparecerse frente a mí, tenía la respiración agitada. No podía creer que estuviera ahí, me había descubierto ¿Sabría también que lo miraba solamente a él? No supe que responder él volvió a preguntarme:

- ¿A dónde ibas? ¿Por qué nunca te he visto con todos los demás?.

Seguía sin saber que responder, él me miraba fijamente con una sonrisa, su aliento olía a cerveza. Pero no lo suficiente como para tapar el aroma de su perfume de canela. Se acercó más hacia mí hasta que quedamos frente a frente:

- ¿Porqué no me contestas? ¿Tienes miedo de que les cuente a los demás lo que haces durante el festival?

- No es que tenga miedo, es que nadie me había descubierto. ¿Cómo lo hiciste?

- Te seguí desde que saliste de tu casa, siempre me había preguntado porqué esperabas a que nadie estuviera en el pueblo para venir aquí. Solo yo he sido el único que he puesto atención y ya te descubrí, pero ¿Porqué lo haces?

Seguía un poco en shock por estar frente a él, me gustaba desde hacía mucho, desde que éramos niños y lo veía jugar con los demás desde mi ventana, y ahora lo tenía frente a mí, donde nadie nos miraba. Todo tan íntimo.

- Si te digo la verdad ¿Tengo tu palabra de que no se lo dirás a nadie?

Él dudó unos segundos, pero después accedió:

- Está bien, aunque creo saber porqué te escondes de todo el mundo.

Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría, no supe que decirle, así que continuó hablando:

- Tú no eres como los demás, jamás te he visto bailar con alguna de las chicas, nunca vas a la taberna con los demás chicos. Y además, esa forma en la que me miras. A veces me da escalofríos.

Así que ya se había dado cuenta de cómo lo miraba. De nada servía esconder nada, de todos modos tenía su palabra, y eso valía algo ¿o no?

- Al parecer ya lo sabes todo ¿Para qué lo preguntas entonces?

-Entonces yo te gusto.

- Tú… sí, me gustas. Prometo no mirarte tanto, solo no se lo digas a nadie. Ya tengo que irme.

Me sentía culpable, como si me hubieran descubierto haciendo algo realmente malo, si se llegaba a saber esto en el pueblo, ya me idearía la manera de negarlo todo. Le dí la espalda y comencé a caminar para salir del maizal, pero él me alcanzó y me tomó por un brazo. Me volteó y quedamos cara a cara de nuevo, el aroma de su perfume causaba un efecto extraño en mí. Me embriagaba su aroma.

- ¿Porqué te vas?

- Porque ya no hay nada de qué hablar, lo sabes todo. Ve a bailar, las chicas te esperan.

- Y si te invito a bailar a ti?

Yo comencé a reírme, aunque mi cabeza no rechazó la idea. Pero ambos sabíamos que era una broma:

- No, gracias. Tu imagen de macho se borraría por completo y se burlarían de ti si me sacas a bailar alrededor de la fogata.

- Y quién habló de salir a la fogata? Podemos bailar aquí, hay suficiente espacio, además la música ha cambiado de ritmo. Ahora es mucho más lenta.

Mis nervios comenzaron a atacarme. Mis sueños se estaban haciendo realidad. Él puso mis manos sobre sus hombros y luego me tomó por la cintura, como si yo fuera la chica, y comenzamos a bailar. Yo lo miraba fijamente y el sonreía con los ojos cerrados, parecía divertirle lo que hacía. Me habló entonces al oído:

- Yo tampoco soy como los demás, no te juzgo por nada. De hecho me caes bien, no dejes que los demás decidan quién debes ser.

- Nunca pensé que pensaras de esa forma, ojalá todos pensaran como tú. Todo sería más fácil. Además, si te caigo tan bien ¿Porqué nunca me hablaste?

- Porque nunca salías a jugar, o a la taberna, y siempre caminas con la mirada baja, como queriendo pasar desapercibido.

Guardé silencio y seguí aspirando su aroma. Seguimos bailando, yo recargué mi rostro en su pecho. Cuando la canción terminó continuamos abrazados, su aroma me gustaba demasiado. Pocos segundos después dijo:

- Mañana me iré a la ciudad. Voy a vivir a casa de mis tíos. Quiero ser médico.

Alcé mi rostro para verlo. No sabía que se iría al día siguiente, nadie lo sabía más que él y sus padres. No pude evitar sentirme triste, mañana no lo volvería a ver, el sueño había terminado.

- Entonces esto es un adiós.

- Eso creo. Pero volveré en las vacaciones. ¿Me hablarás en ese entonces?

- Sí.

- ¿Lo prometes?

-No creo te quedes sin amigos por aquí, todos quieren ser como tú.

- Pero no a todos los considero mis amigos.

- Nunca he hablado contigo ¿Y ya me consideras tu amigo?

- Tengo toda la noche para averiguarlo ¿No crees?. Ven, siéntate.

Nos sentamos y comenzamos a hablar sobre nuestras vidas, era gracioso, habíamos crecido juntos, pero nunca convivimos el uno con el otro. Me di cuenta de que en realidad él era distinto a los demás, era amable, sincero, alegre, respetuoso y sobre todo muy abierto.

Yo le conté mi vida, mi infancia poco interesante detrás de la ventana de mi habitación, mi adolescencia confusa por no saber quién era yo realmente, mis preocupaciones por mantener mi vida en secreto, lo que me gustaba de él, y muchas cosas más. Él me habló de sus sueños, sus miedos, sus más oscuros secretos.

No nos dimos cuenta de cuando terminó la fiesta, comenzaba a amanecer cuando él me dijo que era hora de irse a preparar para su viaje a la ciudad.

Se puso de pie y me ayudó a levantarme. Entonces se despidió:

- Muy bien, ahora sí adiós. Me gustó platicar contigo, una platica de las más interesantes que he tenido. ¿Entonces, somos amigos?

- Sí, somos amigos.

- Bien, entonces te veré pronto.

Se acercó para darme un beso en a mejilla, luego me abrazó. Yo también lo abracé.

Vi su silueta desaparecer entre el maizal, el sol empezaba a salir, hacía un poco de frío. Pero no me importaba, porque aquel amanecer había conocido a alguien en verdad especial. A un ángel al que siempre amaría.

Abraham.